¿Cuánto vale un anillo cuando lo persigues cambiando de camiseta cada vez que no funciona tu equipo actual? LeBron James acaba de responder, otra vez, que para él vale prácticamente todo. El jugador de 41 años ha firmado con los Philadelphia 76ers por dos años y 8 millones de dólares, lo mínimo que podía firmar, con opción de jugador en el segundo, y lo ha llamado en X «mi última decisión». Es su cuarta franquicia. Es, también, la continuación de un patrón que lleva quince años definiéndolo tanto como sus números.

Un contrato que no habla de dinero

Ocho millones de dólares es sueldo de role player, no de un jugador que ganó 52,6 millones la temporada pasada en Los Ángeles. LeBron lo sabe, y por eso el mensaje que acompañó al anuncio insistía en otra cosa: «No voy por el dinero. No voy por la familia. ¿Por qué sigo jugando en este punto?». La respuesta, según él mismo, es simple, todavía quiere competir, todavía tiene hambre de ganar.

El anuncio llegó después de semanas de indecisión, donde Rich Paul calentaba el ambiente. LeBron comunicó a los Lakers su intención de buscar otro destino el 30 de junio, horas antes de que arrancara oficialmente la agencia libre, y durante varias semanas mantuvo en vilo a la liga sobre si de verdad iba a seguir jugando. Reconoció haber pensado seriamente en el retiro antes de decidir que todavía tenía algo que dar.

El roster que se encuentra en Philadelphia

Para entender por qué eligió Philadelphia hay que mirar lo que esta franquicia construyó antes de que él llegara. El 2 de julio, los 76ers cerraron uno de los traspasos más comentados del verano enviando a Paul George, más dos primeras rondas (2028 y 2031) y dos segundas rondas (2028 y 2030) a Boston a cambio de Jaylen Brown.

George, que promedió 17,3 puntos y 5,3 rebotes en su última temporada con los Sixers, salía de un contrato que ya empezaba a pesar más que a sumar. Brown llega como All-Star en su prime, con la ventaja añadida de conocer perfectamente cómo se compite en playoffs contra los mejores equipos del Este. y que ya sabe lo que es levantar un campeonato de la NBA.

Con LeBron sumado a esa base, el quinteto titular que maneja Philadelphia sobre el papel queda así:

Tyrese Maxey – VJ Edgecombre – Jaylen Brown – LeBron James – Joel Embiid

No es un roster que se construyó pensando en LeBron. Es un roster que LeBron decidió que le servía tal cual estaba, con Mike Gansey, presidente de operaciones vendiéndole la idea desde el primer contacto.

El patrón de siempre, otra vez

LeBron ha pasado por Cleveland, Miami, Los Ángeles y ahora Philadelphia, y en tres de esos cuatro casos ha llegado o ha buscado llegar a un equipo que ya tenía, o estaba a punto de tener, el nivel de estrellas necesario para competir por el anillo sin que él tuviera que construirlo desde cero. En Miami se juntó con Wade y Bosh. En Los Ángeles llegó con Anthony Davis ya negociado para la siguiente temporada. Ahora en Philadelphia se encuentra a Embiid, Maxey y Brown ya sentados en el vestuario.

Eso no es un pecado. Es una estrategia que le ha funcionado, cuatro anillos, cuatro Finals MVP, el récord de puntos en la historia de la NBA. Pero es también la razón por la que, cada verano que decide moverse, la misma pregunta reaparece: ¿construye legados, o los acumula?

Por qué esto no le acerca a Jordan

Michael Jordan ganó sus seis anillos con una sola franquicia, con un núcleo que los Bulls construyeron internamente, a su alrededor. Pippen llegó por medio del draft, Rodman fue la única pieza externa de peso, y sin necesitar cambiar de camiseta cuando las cosas se complicaban. No hubo una segunda opción de mercado si Chicago fallaba. Ganó donde estaba, contra los rivales que le tocaron, sin repetir intentos en otro sitio si el primero no salía.

Ese es, para mí, el argumento de fondo que la conversación del «quién es el mejor de la historia» suele esquivar. No se trata solo de contar anillos. Se trata de cómo se consiguieron. LeBron ha demostrado una longevidad y una capacidad de adaptación que lo más probable es que no la volvamos a ver nunca. Pero cada vez que ficha por un equipo ya montado para intentarlo una vez más, refuerza, sin quererlo, el argumento de quienes creen que Jordan representa algo que LeBron nunca ha necesitado probar, ganar donde toca, cuando toca y con lo que toca.

¿Puede esto ganar un anillo?

Sobre la pista, el argumento a favor de Philadelphia es real. Embiid, cuando está sano, sigue siendo un pívot de nivel MVP. Maxey aporta velocidad y anotación exterior. Brown resuelve el problema de tener un segundo creador de nivel All-Star que ya sabe competir en series largas de playoffs. LeBron, incluso a los 41 años, sigue siendo un pasador de élite, un defensor de nivel superior cuando el partido lo exige y también ese jugador al que le das la bola cuando las cosas se ponen complicadas.

El riesgo, sin embargo, tiene nombre propio y ya es conocido: la salud de Embiid ha sido la variable que ha frenado a este equipo en las últimas temporadas, y ningún fichaje soluciona eso. Añadir a un jugador de 41 años a la ecuación no reduce el riesgo físico del conjunto; lo multiplica. Si los tres pilares (Embiid, Brown y LeBron) llegan sanos a mayo, Philadelphia tiene argumentos para pelear en un Este que ha quedado más abierto de lo habitual tras los movimientos de mercado, y cuyo rival a batir, al menos en un principio, siguen siendo los New York Knicks. Si no, este fichaje quedará como una bonita historia de verano que nunca llegó a materializarse en la pista, y que puede ser el factor determinante, para confirmar, que la figura de Michael Jordan, ha sido, es, y seguirá siendo intocable.

Lo que sí es seguro es que la NBA vuelve a tener, otra vez, otro super equipo buscando el anillo. Y la pregunta de siempre que lleva persiguiendo a LeBron toda su carrera, volverá.